Algo que parece un viaje en micro a Mar del plata, todos durmiendo, todos tapados, en realidad es un viaje de diez minutos, es lo que logra el tedio, el aburrimiento, la agonia constante entre ventanas empañadas de vidrio escarchado.
Logra que Belgrano se convierta en una meseta, que la estación parezca un paso a nivel lleno de luces parpadeantes y gente con caras dibujadas, sin carisma, sin brillo, sin nada.
Sin aviso previo a una señal matutina, que cierto día desperdigo todos los sentidos de toda esta gente, los hizo sumergirse con antiparras lavadas en la pileta de la constancia, de lo previsible, de lo calculable, lo imaginable, lo obvio, si, de lo obvio y lo normal de lo simple y natural, de la vejiga inflamada de resentimiento por el trabajo que no salio, el jefe que no se bancan.
Estar acá lo amortigua todo, pero sabiendo que mañana será otro día de lo mismo para el mundo entero, sabiendo que lo único no previsible y no imaginable para estas personas, esta en sus cabezas, en sus mentes, en sus corazones, en lo que nadie más además de ellos conoce ni se atrevería a conocer.
Porque a pesar de la sensación de hastío imaginable y hasta lógica, no les queda más que someterse a que lo único que salvara a estas personas será sus propias vidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario